Ihuitl Conde

Ihuitl Conde
Ihuitl Conde

Ihuitl Conde

Ihuitl Ik “Plumita”

De la plataforma de clavados a la danza, de la danza al circo, del circo al yoga, del yoga a la revelación y al servicio por el otro.

Asistir a una clase de yoga con Ihuitl es experimentar una mezcla sutil pero compleja entre arte y disciplina, danza y acrobacia, ritmo y cadencia, alineación y condición física, yoga y espiritualidad. Esta amalgama de disciplinas, todas de origen devocional, sumadas a una innata vocación de servicio a la comunidad, han acompañado a Ihuitl mucho antes de que tuviera consciencia de ello.

Ya estaban presentes cuando, sin tener aún los cinco años, Ihuitl bailaba y cantaba, creaba rutinas propias que, entonces, aún sin saberlo, se empezaba a revelar en los escenarios: sea al frente de su familia o sus amiguitas, o tiempo después frente a un auditorio con 52 mandatarios venidos de todo el mundo, o frente al público de un espectáculo acrobático o, frente a los practicantes de yoga.

“El escenario no oculta quién eres.Saca hasta la última gota de tu esencia, la exprime”, dice Ihuitl cuando habla de esa experiencia vital. “Me gusta revelar esa esencia en el escenario. Mostrar como soy. Lo mismo nos pasa con el yoga: lo que somos dentro del tapete, lo somos fuera de él. Nos muestra quiénes somos”.

Educada formalmente en las disciplinas de la danza clásica y artes circenses , Ihuitl pronto trabajó para La Compañía Nacional de Danza de México y, a los 21 años, desplegó sus alas y se fue con “De la Guarda”, reconocida compañía internacional tal vez sólo superada por el fastuoso Cirque du Soleil. Al mismo tiempo conoció la escalada, y la naturaleza, impecable herramienta para la vida.

Entre las acrobacias, el espectáculo con cuerdas, trapecios, y la danza, Ihuitl tuvo un encuentro revelador con el yoga que abrió su corazón a un nuevo mundo de infinitas posibilidades.

“Me gustaba como sentía el cuerpo después de la práctica, no sentía dolor, me sentía relajada, con una energía equilibrada, y seguí haciéndolo donde podía, tras bambalinas, en la habitación, en el bosque”, dice Ihuitl.

En la práctica de estas disciplinas, Ihuitl encuentra y entrega a sus alumnos una “combinación nuclear” que proporciona claridad, fuerza, y flexibilidad en todos los planos del ser y de la existencia.

“El hatha yoga es un camino amoroso y verdadero que nos muestra, con un ritmo, una cadencia relajada, bondadosa, quiénes somos. Al entrar al tapete, siempre me enseña un poco de mí. De quién soy, de cómo me manifiesto”.

En su clases. ofrece también una superposición de ejercicios, transiciones, alineaciones y secuencias, que se hermanan entre sí, maravillosamente, pero que también demandan presencia, atención, y exigencia física.

“La condición física ayuda. Ayuda a desenvolverte y seguir explorarando”, dice Ihuitl. “La danza es un lenguaje que nos permite llegar a los corazones. De la misma manera que lo hace el yoga. ‘Para mí compartir la práctica es una medicina”. Son muchas las causalidades. Los clavados me llenaron de energía, la danza me dió la posibilidad de fluir, la escalada me sacudió al soltar tanta adrenalina, el circo me hizo volar, conocer el mundo al revés y cambió la manera de expresarme. Al fusionar estas experiencias con el yoga, se nutre la exploración del ser, y la energía. Eso es lo que creo que combina: alineación, respiración, flexibilidad, fuerza, potencia, resistencia, arte, atención plena, y, en últimas, amor”.